El día que estuve 27hs en un medio de transporte (parte II).

Continuando con el post anterior, les voy a contar lo que paso en la noche del tren.

Después de una linda tarde compartiendo mates con los vecinos de asiento, leímos un poco (dos libros sobre otros viajeros que ya voy a recomendarles), de a ratos dormíamos, de a ratos sacaba fotos o jugábamos al chin chon.

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Hasta que se hizo la hora de la cena, momento en el cual el vagón se lleno de los aromas mas deliciosos que uno podía imaginar. Desde sanguchitos de salame, empanadas o tartas, pasando por nuestra pizza casera, y culminando con el punto máximo de delicia: unas milanesas caseras que había traído una señora para todos sus hijos y parientes.

Cabe destacar que además el tren tiene un comedor en el cual se ofrece comida caliente, un bonito y apetitoso menú por nada menos que 130$. Consistía en una entrada, un plato caliente, postre y una bebida.

Nosotros teníamos pizza y empanadas caseritas hechas en casa, y como al mediodía la comimos fría decidimos jugarnos y acercarnos al comedor a ver si nos la podían calentar. Ahí fue cuando sentimos el olorcito a arroz con pollo que era el plato que servían en el menú. Realmente valía la pena cenar ahí y no tener que preocuparse por la comida.

Nuestros vecinos se compraron tarta de verduras algunos y otros sanguches de milanesa completos, ambos platos por solo 40$, y según ellos muy rico.

Luego de la cena y de una “sobremesa” nos pusimos a charlar de nuevo con los chicos, y de una cosa a la otra salió la idea de jugar al Tabú. El tabú es un juego en equipos, en el cual un integrante del equipo tiene que darle pistas al resto para adivinar una palabra, pero tiene un listado de palabras “tabú” que no debe decir. Es muy divertido, y jugarlo en un tren, en medio de la noche y vaya a saber por donde estaríamos pasando lo hizo más divertido aun.

Éramos nosotros 2, mas los 4 médicos de la plata, mas 2 chicas más que estaban atrás nuestro, y unos segundos antes de empezar el juego pasaron 2 chicos que iban al baño y les dijimos si querían jugar. Terminamos siendo 10 personas en medio del tren, ocupando pasillo y butacas, gritando a lo loco y muriéndonos de la risa jugando al Tabú. Esas cosas que te suceden cuando viajas con la mente abierta, con ganas de hacer amigos, y encima dentro del tren.

Despues de jugar un buen rato, y de que faltara muy poco para que apagaran las luces decidimos ir cada uno a su asiento a prepararse para dormir.

Como en el tren hacia frio, gracias al aire acondicionado que mantenía unos 20°C, tuvimos que sacar la bolsa de dormir de la mochila para taparnos. Unos buzos para hacer de almohada y a tratar de buscar la posición mas cómoda. Es que entre los dos asientos hay un apoya brazos que no se quita, pero al menos el respaldo se podía tirar para atrás. No sé cómo pero dormimos y dormimos bastante.

Amanecimos cuando salió el sol, a eso de las 6 de la mañana. El tren empezaba a amanecer, se escuchaban niños que ya empezaban a corretear por el vagón, y grandes que pasaban a lavarse la cara en el sector de los lavatorios. Con diego decidimos que para el desayuno íbamos a usar el hermoso comedor. Un buen café con leche calentito con algo rico para despertarse y poder afrontar el resto del viaje.

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Desde el comedor, con sus grandes ventanales, empezamos a disfrutar del paisaje que ya había dado un gran salto entre los humedales de Santa Fe, y se notaba que ya estábamos por Santiago del Estero, con sus grandes quebrachos y algarrobos. Por supuesto, no todo es color de rosa, y entre medio del monte vemos a unos chicos con jaulas y gomeras, trampeando aves que seguro irán a parar a alguna feria o puesto de Capital Federal.

Mas allá del mal trago, no puedo parar de asombrarme y maravillarme con todo lo que mis ojos observan. La diversidad del monte santiagueño, la cantidad de árboles y arbustos, mariposas y aves, y todo lo que esta mas allá de mi vista.

Luego de un rato y un par de estaciones más, entramos en Tucumán. Se ven las sierras, y las mariposas blancas que vuelan por todas partes dándonos la bienvenida al noroeste argentino.

Finalmente, unos minutos antes de las 12 del mediodía, el tren arriba a San Miguel de Tucumán, desplegando un mar de mochileros en busca de hostel, campings o couchsurfing. Y por supuesto, muchos reencuentros familiares.

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El viaje en tren me deja muchas escenas, algunas tan contrastantes como niños que tiran piedras al tren, dañándolo a simple vista, y niños que salen a las puertas con sus padres o hermanitos para saludar a los extraños visitantes que miran por las ventanas del tren.

A su vez, ranchitos de adobe, pequeños y de techos bajos, que no pierden la alegría y las ganas de celebrar, con árboles de navidad improvisados en las puertas de las casas.

Todo lo leído innumerables veces sobre el norte argentino cobra sentido, la calidez humana y las sonrisas no iban a faltar en este nuevo viaje.

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